En junio casi no anochece: se hace de noche a las once. Es lo que le da a Vilnius un rollo que no tiene ninguna otra capital que conozcas.

Verano, de junio a agosto, por la luz. Allí en junio casi no anochece: se hace de noche a las diez y media u once, y eso da un ambiente especial. El verano báltico dura poco, pero cuando llega la ciudad se llena de terrazas.
El invierno aprieta de verdad: bajo cero fácil, y encima con pocas horas de luz, amanece tarde y anochece pronto. Merece la pena si te va el rollo nieve y mercaditos, pero no es para cualquiera: hay que ir con ropa de verdad.
Se montan en diciembre en la plaza de la Catedral. Las fechas exactas conviene mirarlas cada año.
Valen el viaje: son de los más bonitos de Europa.
Ojo con los vuelos: desde Madrid ahora mismo no hay directo, hay que hacer escala. Desde Barcelona sí hay vuelos directos.
Una vez allí, el centro se anda perfectamente. Es una ciudad pequeña de verdad comparada con Madrid.
La Torre de Gediminas, arriba de la colina. Subes andando o en el ascensorcito, y desde arriba tienes toda la Ciudad Vieja a tus pies. Mejor al atardecer: la luz sobre los tejados es preciosa.
La Colina de las Tres Cruces, justo al lado. Otro mirador, quizá el mejor de la ciudad, con las tres cruces blancas gigantes.
Están cerca, así que se pueden combinar en la misma tarde.
Cepelinai y, en general, mucha cocina de patata. El valandelei es mi preferido. Vodka y cerveza local.
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